“Aros” ( fragmento)

Trataba de mantener ocupada su mente, leyendo, afanándose entre las probetas y matraces, macerando cortezas y frutos, destilando esencias en su alambique para no dolerse y pensar; intentaba olvidarse de su pasado, de todos los años que había sido tan feliz. El irrecuperable pasado podía ser una quimera tan deseable como la eterna juventud, y para quien lo experimentara, una dádiva profunda, como el vino de la última cena.

Él conocía todas las familias de la química del carbono, la química de las cosas vivas, la de los metales y la de los perfumes.  Las especias por ser tan olorosas y su sabor tan marcado, pueden hacer recordar en una imagen absorbente, suficiente en sí misma. Al principio no tenía bien claro qué quería lograr, pero sabía que debía purificar aquellos que más se experimentan en lo cotidiano. No era necesario incluir todas las esencias, sólo las que tienen un efecto más poderoso sobre la asociación. Las sustancias mezcladas con los olores, no sólo reproducen recuerdos puntuales, sino que al parecerse a otras, la propia mente vuelve sobre ellas para llamar nuevos recuerdos. ¿Sería posible crear una sucesión de sensaciones diferenciadas en el universo maravilloso de la lengua, en una gradación de intensidades y matices como un paisaje movible y cambiante, como el amor, como las sinfonías?

Un elemento más debía estar presente, uno que catalizara a los otros: las setas que hacen soñar.  Añadió pequeñas dosis de alcaloides que guardaban las setas desecadas    a   mezclas de extractos para testar su asimilación positiva por el organismo. Escogió los hongos porque, además de la exaltación de los sentidos, son capaces de provocar la formación casi nítida de imágenes; aunque en materia de efectos, cada persona reacciona de un modo particular. Los hongos pueden cambiar las percepciones, agudizarlas, transformar la realidad en una realidad ilusoria. Pero no todas las mezclas son iguales, aun usando los mismos componentes, hacía falta algo más, algo que se encuentra en el límite de lo que sabemos y la sensación que aparece por primera vez, más pura y duradera porque aún no sabemos nombrarla.

Miguel había estado junto a su mujer en la tierra de Pascal, conocía sus bosques cálidos, sus bonitas máscaras, sus tesoros de diamantes extraídos por hombres que trabajaban encañonados. Había visto los edificios en ruinas y las escuelas donde los niños intentaban aprender con el techo derrumbado por la descarga del cañón de un tanque. Pero con independencia de ello,  pensaba que lo que se puede experimentar con los sentidos es un patrimonio común para los hombres. Los hombres son más parecidos que diferentes, estaba convencido de eso, y también, de  que los olores del pasado son la patria de un hombre, no importa en qué lugar geográfico esté.

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