Juana

¿Sabes de música?

preguntó mientras tocaba Bésame Mucho con una fuerza y una pasión que no parecían venir de unas manos octogenarias. 

  Me parecía increíble que estuviera allí, mi mano temblaba cuando toqué el picaporte. 

Iba con el deseo de saber más, de conocer a través de una testigo insustituible y cercana a Maria Luisa Chartrand, su profesora de piano y la mejor amiga de Juana Borrero. Las dos casi niñas habían compartido tardes de conversación y paseos a una cascada cercana en Puentes Grandes.

  Yo había viajado durante meses al  siglo XIX, venía de sacudir la prensa decimonónica, de leer las cartas en sus manuscritos originales, la tinta afincada, el papel amarillo pero intacto, escudriñando en un mundo del que no tenía conocimiento previo, no tenía conocimientos académicos de ninguno esos temas. 

Había llegado con temor de no poder conseguir un a conversación hilable, la referencia que me dieron para concertar la cita era que su salud mental estaba debilitada, y yo iba a hacer preguntas de un pasado lejano.

Era un año , solo uno, 1894-95, suficiente para contar toda la historia, el último año de una vida que sólo duró 19 años, la Borrero, la sucesora de La Avellaneda, una pluma cumbre del barroco español..

 Había visto de cerca  lo que era el siglo XIX; morían cada día niños de 8 , de 12 años, de familia aristocráticas, no había antibióticos, morían al nacer, al dar a luz , morían todos como moscas. 

Faltaba la carta que escribió con sangre pidiéndole a su novio , Carlos Pio  Urbach, que no fuera a la guerra. Una de sus antologadores, me dijo que no sabía nada de ese tremendo fetiche, uno que no faltaría en el altar imaginario de la isla paraíso. Allí están las letras floridas y los pocos cuadros que quedaron pintados por la Borerro, destruidos por los soldados cuando entraron en su casa. De Los Pilluelos, según un hispanista neoyorkino, Lezama Lima  pensaba que era el mejor retrato del siglo XIX. No sé si mi Pepito novelado lo dijo guiado por la objetividad o el amor desquiciado. Y Julián del Casal cubriéndolo todo, bautizándola , invistiéndola en su secta de bardos extraviados, con su voz de gigante, y una carta de Paul Verlaine escribiéndole de vuelta, atravesando el mar.  Puvis de Chavannes a diez centímetros de mis dedos en Louvre, ellos hubieran alucinado , tanto que tenían que esperar el correo que llegaba en barco para tener una litografía sin poder ver nunca los colores originales. París, la ciudad con que todos soñaban tan lejos del castizo despotismo monárquico. Casal le cantaba a la morfina mucho antes que Marianne.

Ciento y tantos años antes en su última noche de vida, Juana dictaba la Última Rima a su hermana , en mi libro de la escuela, sus cartas de amor.  

Ver frente a mí a alguien que de alguna forma me conectaba con ese siglo como quien logra acariciar el ala de una golondrina en el vuelo.

Había llegado con temor de no poder conseguir una conversación hilable, la referencia que me dieron para concertar la cita era que su salud mental estaba debilitada, y yo iba a hacer preguntas de un pasado lejano.

`Escribo canciones’, me vino la frase a la cabeza cuando preguntó por segunda, vez y parecía haber olvidado que era una pregunta repetida .

Me contó sus chismes galantes, su trayectoria de maestra televisiva. La Chartrand decía que tenía mucho talento y era cierto. Poco supe  del siglo lejano. Supe que se había escrito esa novela , o quizás no, quizás no es esa pero al menos me libera de la tiranía de tener que hacerlo. 

Por pedido mío , alguien visitó la tumba de Carlos Pío que se creía extraviado entre las fosas comunes de la guerra, en ella  está escrito: “El amor de Juana Borrero”. Dejó los versos para morir a los 24 años con los grados de Teniente Coronel, después de la muerte de su novia, fue un guerrero feroz. 

  Nunca tuve ese hilo; el hilo está en lo que queda, en los papeles, en las frases rimadas, en la imaginación, en el eterno exilio y siempre me acompañará.  Ella me dijo que mi apellido parecía de novela. Cuando salí de allí, temblaba. Detrás de la puerta se volvió a escuchar el Bésame Mucho con esa fuerza y ese arrebato sorprendente para  unas manos octogenarias.

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